Nos recibieron con su amabilidad acostumbrada. Su centro es pequeño pero con unos caballos espectaculares, trabajados y domados a la perfección.
En el plan de hoy participaban dos grupos, uno por la mañana y otro a primera hora de la tarde.
Salimos a las 13:30 después de las indicaciones, sugerencias y consejos en el propio picadero. Hacía un día excelente, soleado pero sin calor excesivo, ideal para un día de campo a caballo.
Serpenteamos por olivares entre pequeñas colinas, subiendo y bajando suaves lomas hasta que llegamos a una empinada subida que culminaba en un cerro desde el que se divisaba una espectacular vista de toda la vega plagada de campos preparados para la siembra alternando con tierras por las que asomaban ya los primeros brotes del cereal, olivares, algún viñedo y las pequeñas lomas cobijo de liebres y conejos a los que más tarde vimos correr delante nuestro.
Bajamos el empinado cerro o más bien nos bajaron hábilmente nuestros caballos y en seguida, después de preguntar quien quería dar una galopada y quien prefería quedarse y hacer todo el itinerario al paso o al trote (no hay que forzar y cada uno a su aire según su nivel) nos dimos la primera galopada flanqueados por dos filas de olivos como si estuvieran haciendo guardia y escoltándonos mientras pasábamos a galope entre ellos.
Continuamos serpenteando, bajando y subiendo los innumerables cerros que componen el paisaje situado entre el Tajuña y el Tajo.
Ya habíamos visto varios conejos correr veloces alejándose de las patas de nuestros caballos cuando Anghelo nos señaló hacia el cielo para que viéramos el vuelo de una espectacular aguila que probablemente también se había fijado en nuestros vecinos y acompañantes, los conejos. Tras la primera apareció una segunda, luego una tercera y por fín una cuarta, planeando y volando en círculo sobre uno de los montes cercanos.
Marta, apasionada de la cetrería nos dejó con la boca abierta contándonos su experiencia en una jornada en la que había participado.
En una de las suaves pendientes aprovechamos para volver a poner a nuestros caballos a galope y después de otro rato de paso y algún breve trote Anghelo nos indicó un largo camino con una leve subida para que los que quisiéramos pudiéramos volver a galopar. UAUHHHHH, me faltan haches, impresionante, lo pondría todo con mayúsculas si así pudiera describir y transmitir la increíble sensación mezcla de alegría, euforía y libertad que en ese momento sentía.
De regreso, al paso, con los caballos olfateando ya sus cuadras, el comentario era "qué rápido se nos ha pasado".
Después de desensillar los caballos y recibir al segundo grupo no dispusimos a tomarnos nuestros bocatas en el pequeño merendero del Rancho. Después de la ruta, nuestros bocadillos de pollo empanado, tortilla, jamón .... nos supo a gloria. Y de aperitivo las patatas de Teresa con una cerveza para que no faltara de nada.
Y para bajar los bocatas, mientras el segundo grupo se preparaba para salir, Alberto, Marta, Mayte, Neo (su juguetón perro) y yo nos dimos un paseo en el que aprovechamos para "elocubrar" y soñar sobre la casita que nos compraríamos, con una gran chimenea, un huerto para cultivar las verduras que luego nos comeríamos, una zona en la que Mayte fabricaría sus perfumes y jabones y un amplio jardín de hierba en el que pastarían nuestros caballos.
De vez en cuando los ladridos de Neo nos devolvían a la realidad.
Para terminar, antes de coger los coches, consultamos el calendario de Alberto para fijar la próxima cita, en principio por el Valle del Lozoya .... pero eso ya lo contaremos.
Feliz y a galope semana!!

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